EL DON DE LA CONSAGRACIÓN.
. "COMO UN ESCUDO ME RODEA TU AMOR" (Sal 5, 13)
Hna. Cristina María Blázquez - España
Siempre me es difícil explicar la acción del Señor conmigo, porque siempre me sorprende, me sobrepasa, me deja detrás gustando lo acontecido, tratando de comprenderlo. Y esto ahora aún más, después de mi Profesión Temporal; sigo todavía asombrada, muy sobrecogida, susurrando un continuo ¡gracias! y exhalando un gran suspiro: "¡Por fin, Señor! Sí, ¡ya soy tuya! ¡ya te pertenezco! ¡ya estoy desposada contigo!"
Toda mi vida de alguna forma siempre he abrigado el deseo de ser de "alguien", de pertenecer en exclusividad a "alguien" y de darme del todo, para vivir sólo para Él. ¡Y cuál fue mi sorpresa cuando el Señor quería ser "más que un amigo"! ¡Mi Señor, mi Esposo, el Único Dueño de mi corazón y de mi historia! Y en estos últimos años de vocación y de comienzo de este camino de consagración el anhelo ha ido en aumento, escuchándole cada día: "Toma, come, esto es mi Cuerpo, mi Cuerpo para ti, sí, Cris, me doy por ti". Y ahora ya, con inmenso gozo, puedo susurrarle: "y el mío, toma, ya es todo, todo, para ti".
Con este don siento que algo nuevo ha tenido lugar en mí, que mi centro, mi corazón ha cambiado, como si hubiera sido marcado con el sello de Cristo y ahora lo más profundo de mi ser lo constituye una alianza: un Tú que se ha unido a mi yo, ahora Cristina. en Cristo, Cristina de Cristo.
Como en el Bautismo de Jesús Dios revela a los hombres quién es su Hijo, en la Consagración Religiosa el Padre rasga el cielo para acortar la distancia y manifestar con su Palabra y con el don del Espíritu que ya no soy sólo hija. sino Esposa. Con su Palabra pronunciada en el seno de la Iglesia que testimonia mi verdadera identidad: su hija muy amada, su favorita, su preferida, su luz para las gentes,. Y con su Espíritu Santo, perfume de inmortalidad, que posándose sobre mí, cual tierra elegida, me unge en este camino de cristificación, me infunde sus dones: la clarificación, la fortaleza, la piedad filial,. para envolverme en la presencia de Cristo, para rodearme como un Escudo con su Amor, su Compañía, experimentando un destello de la gloria aún en medio de la cruz. ¡Menuda sorpresa la Consagración! ¡La gracia se experimenta ahora con mayor fuerza que antes! ¡Qué bueno es consagrarse! "Gracias, Señor, por haberme conducido hasta este día a esta nueva Tierra Prometida".
Podríamos decir que de las aguas de la Consagración Religiosa nace una nueva mujer, que estrena una nueva condición, un estado distinto como María cuando ha sido penetrada por el Verbo en su seno: una gran Presencia lo envuelve ya todo. Por eso a mi mirada recogida del día le acompaña ahora otra pregunta: "Jesús, ¿cómo he vivido hoy este día desposada contigo?", y la memoria del acontecer cotidiano se va aclarando en la convivencia diaria para ser desde sus ojos, desde su Corazón. Ha comenzado una unión preparada por los años anteriores, pero ahora ungida por la gracia de la Consagración.
La alianza está sellada pero ahora en mi ser se tiene que ir desplegando la esponsalidad, mi carne virgen tiene que irse habituando, acostumbrando a vivir con su Esposo, ya no en soledad, sino en compañía, con un Tú. Él es bien concreto, muy real, siempre está, deseando lo mío, esperando en todo para que yo repose en sus ojos. Ahora prendada a las arras del Espíritu lo vivo todo en espera de un día, en que sin darme cuenta, despertaré como de un profundo sueño, y de nuevo como el día 7 de enero, veré ya sin ningún miedo, qué pronto todo ha pasado, y con un gozo glorificado podré exclamar: "Al fin, Jesús, ya estoy junto ti para toda la eternidad".
Esto todo va siendo para mí el don de la Consagración, por eso sólo puedo sentirme inmensamente agradecida, y lo termino expresando con las mismas palabras de aquel día: "Gracias, Señor, por haberme tomado de la mano, por haberme formado, por haberme llamado con misericordia y total gratuidad, y por hacer una alianza conmigo en esta nueva familia, las Esclavas de Cristo Rey donde me has mostrado en ellas la belleza del amor entregado en el silencio, como María, para servir a los hombres y llevarlos a ti. ¿Cómo puedo agradecerte, Señor, tanto Amor derramado sobre mí?
Sólo puedo darme a ti, para pegada a tu Hijo, recoger el cáliz de Su Vida y de Su Amor y empapar los corazones de toda la humanidad, con vuestra Presencia, para que todos experimenten que son Tus Hijos Muy Amados. Gracias mi Señor, por tanto Amor." |