Como Don Pedro quería hacer las cosas conforme a derecho, por fin un día de mayo de 1919 se presenta en Tarazona y entra en la residencia del Sr.Obispo dispuesto a presentar su proyecto. Entró al despacho sin papeles, porque pensaba que le bastaría exponer de palabra su pensamiento. Entró confiado, porque creía que la cosa estaba ya conseguida de antemano: era tanta la confianza que tenía en su Obispo y era tanta la confianza que el Obispo tenía en él…
El Sr.Obispo, le dejó hablar un rato. Al fin de un plumazo tiró por tierra todos los sueños de Don Pedro: "si fuera para recoger sacerdotes ancianos y enfermos, -le dijo- sería otra cosa. Pero Ejercicios… Ya se dan en Loyola en las Esclavas del Sagrado Corazón". "-Es cierto,-replicó humildemente el párroco- pero sólo a mujeres, y sólo en determinadas fechas. De lo que se trata es de que puedan hacer fácilmente Ejercicios en retiro toda clase de personas sin necesidad de hacer largos viajes".El discreto cruce de razones duró unos minutos, y cuando pensó que debía dejar de insistir, Don Pedro se despidió cortés y humildemente de su superior y salió. Salió ¿hacia dónde? Hacia la parada del autobús que le llevaría a su parroquia. A punto de sacar billete en la taquilla, llega el portero del Obispado con un aviso: "me dice que vuelva porque el Sr. Obispo deseaba hablarle. Había mudado de parecer en media hora".
En realidad no había mudado de parecer, quería rectificar un poco la rotundidad de su negativa anterior y dejar un portillo abierto, pensando sin duda que don Pedro no conseguiría colarse por él: "puede usted -le dijo- presentar un escrito donde indique la propuesta y las razones en las que se apoya".
A comienzos de 1919 llegó al colegio jesuítico de Tudela el Padre Pedro Ongay con el cargo de padre espiritual de la comunidad. El primero que se puso bajo su dirección espiritual fue el mismo Don Pedro. En sus cuentas de conciencia, el párroco de Murchante le explicó en qué aventura espiritual estaba metido y pidió humildemente su ayuda. El perspicaz jesuita cayó enseguida en la cuenta de que el espíritu de Dios aleteaba en aquella congregación religiosa "clandestina". Pero como el asunto le parecía importante, no prometió su colaboración total a la Obra hasta obtener el permiso de su padre provincial.
El Padre Ongay expuso al Padre Provincial la petición de Don Pedro para que pudiera ayudarle en la fundación de la nueva congregación religiosa. El provincial ni le había dejado terminar: "¿Otra más? ¡Una nueva fundación! No autorizo a nadie para que intervenga en este asunto". No obstante, el Padre Ongay dio un buen consejo a Don Pedro, que al día siguiente, antes de que comenzaran las entrevistas con otros miembros de la comunidad, pasara él mismo a saludarle, saludo que el párroco acostumbraba a hacer todos los años, como si fuera un jesuita más.
El provincial escuchaba y dejaba hablar a Legaria. Éste recuerda que le oyó muy atentamente y que pudo "exponerle con detención todo, todo lo relacionado con este proyecto, a mi juicio, de Dios". El padre Provincial lo vio con claridad y accedió: "Autorizo al P.Ongay para que le ayude en toda la Obra".Y remató el permiso con esta exhortación: "¡A trabajar, y a comenzar cuanto antes!"
"Comenzar cuanto antes" no equivale a comenzar al momento. Don Pedro era un hombre que avanzaba lentamente. Se debatía con sus miedos y vacilaciones interiores que, como humano que era, también los tenía.
En el año 1922 se conmemoraba el cuarto centenario de la composición del libro de Ejercicios Espirituales por San Ignacio de Loyola. Con esta ocasión, el Pontífice, Pío XI escribe la Constitución Apostólica "Summorum Pontificum". En ella el Santo Padre nombraba a San Ignacio patrono de todos los Ejercicios Espirituales. Al párroco de Murchante le impresionaron sobre todo estas palabras que él repetirá en todos sus informes sobre la obra:
"Tenemos la firme persuasión de que la mayoría de los males que aquejan a nuestra sociedad proviene de que "nadie reflexiona en su corazón" (Jer 12,11). Sabemos también con certeza de que los Ejercicios Espirituales según el método de San Ignacio son eficacísimos para solucionar las dificultades de nuestra sociedad. Por eso deseamos que se difunda más y más la práctica de los Ejercicios Espirituales y que, al mismo tiempo, existan y florezcan esas casas, albergues de la piedad, a las cuales, como una palestra de la vida cristiana, todos puedan retirarse para practicar el mes íntegro, o menos días de retiro".
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