Desde 1915 hasta 1922 estudió con detención todo lo que debía hacer, pero especialmente encomendó el proyecto al Señor. Por de pronto el párroco se fijo en tres jóvenes dirigidas suyas, piadosas, de comunión diaria, con voto de castidad, catequistas y colaboradoras incondicionales de la parroquia. Sus familias eran también profundamente cristianas. Los nombres de estas jóvenes eran María Laporta Martínez, Aurea Martínez Pardo y Ángeles Simón Oses.
Don Pedro fue proponiendo a las tres jóvenes la idea de un nuevo instituto Religioso cuyo fin fundamental sería ayudar a la salvación de las almas y a la renovación de la iglesia, haciendo propaganda para atraer personas a los Ejercicios y atenderlas material y espiritualmente durante la práctica de los mismos. Hecha la proposición a cada una, don Pedro no las obligó; tampoco se lo pidió; mucho menos exigió una respuesta inmediata. Simplemente se lo propuso y les dejó tiempo para que se lo pensasen. Pasó el año 1915 y Don Pedro convocó a las tres elegidas para una reunión que iba a tenerse en un cuartito anejo a la Iglesia. Ese local se llamaría desde aquel día "la sala de las primicias", porque allí, en ese mismo día, primero del año 1916, ellas serían las primicias del naciente instituto.
¿Qué sucedió en la sala de las primicias?
Las tres jóvenes se arreglaron y adornaron con lo mejor que tenían, escribe Aurea. Se prepararon espiritualmente para recibir la comunión, pues el párroco había traído el Santísimo a la sala con este fin. Habían montado una especie de altarcito con un crucifijo y dos velas, y una imagen del Niño Jesús, pues era tiempo de Navidad. Después de comulgar renovaron los votos privados que tenían hechos. A continuación remata Aurea, "como señal de nuestros desposorios con Jesús, nos pusimos el anillo una a otra en nombre de Dios".
A las cuatro de la tarde del mismo día, después de invocar el Espíritu Santo, el Padre explicó los fines del nuevo Instituto, que eran tres: el primero, atender al apostolado Seglar; el segundo, el cuidado de los Ejercitantes; el tercero, instruir y educar a niñas de clase humilde. Don Pedro en una plática dejó encendido el corazón de aquellas jóvenes en deseos de colaborar a la obra de Cristo.
Ya tenía don Pedro las primeras piedras para el edificio espiritual que quería construir. Ahora había que comenzar a labrarlas con aquel martilleo eficaz y continuo tan suyo. Había que formarlas para la nueva vida religiosa que proyectaba. Decidieron reunirse periódicamente en la "sala de las Primicias". Las reuniones periódicas eran el momento privilegiado para la formación de las nacientes religiosas. Comenzaban rezando de rodillas la "oración propia para dirigir nuestras obras a mayor gloria de Dios, y luego un Padrenuestro a nuestro patrón, San francisco Javier".
En la fiesta del Corazón de Jesús volvió a repetirse la ceremonia: renovaron los votos y recibieron lo que llamaban "nuestras armas", que eran los anillos, la insignia y el ceñidor. El día 1 de enero de 1919 la Congregación había subido en número: además de las tres fundadoras había otras tres jóvenes "novicias" y una "postulante". Ese día harían sus votos las tres primeras fundadoras, ligándose con el nuevo Instituto Religioso.
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