"Donde está tu Tesoro, allí está tu corazón" (Mt 6,19)
Adentrarnos en la espiritualidad de Pedro del Sagrado Corazón es penetrar en el camino de seguimiento de Jesús por el que el Espíritu Santo le fue llevando para el bien de la Iglesia. La espiritualidad es el modo concreto de conformación con Cristo otorgado como don por Dios, para la misión concedida. En nuestro caso, D. Pedro desde joven realizó los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola; su formación y dirección espiritual fueron por Padres de la Compañía, y por eso "su espiritualidad estuvo marcada por los Ejercicios, hechos y vividos habitualmente" (VII Capítulo General, p. 22). Ellos fueron su alimento, la escuela de configuración con Cristo, "el desiderátum de su amor", precisamente para que después pudieran ser "su apostolado y la espiritualidad que dejó a la Congregación" (ibid).
Los rasgos de su vida interior (como el consumirse por la gloria de Dios, la rectitud de intención, la devoción al Corazón de Jesús, la imitación de Cristo, el amor a María, a la Eucaristía,...) fueron fruto de las vivencias de los Ejercicios. En ellos el Señor le regaló ciertos dones que D. Pedro fue acogiendo y con los que fue colaborando para transparentarlos en su vida. Esto lo vemos reflejado en sus escritos espirituales donde a la consolación recibida (p.ej. ante la experiencia de la providencia) él responde con los cuidados del amor -propósitos, actitudes- que brotan espontáneamente para ser fiel a la gracia recibida (ser indiferente). Por tanto, estos rasgos fueron fruto del diálogo íntimo con el Criador y os los presentamos siguiendo este mismo orden de los Ejercicios donde nacieron.
I. Total pertenencia y dependencia de Dios:
"Tengo persuasión íntima, convencimiento sentido, de que soy todo de Dios; sin Dios nada soy, como rayo de luz separado del sol".
Esta experiencia provocó como fruto la alabanza, la adoración: "Vivir asido constantemente a este pensamiento, que soy, todo, en todos los órdenes, de Dios: vivir engolfado y actuando de continuo en la presencia de Dios, haciendo todo en servicio suyo y consumiéndome en El y por Él, buscando su gloria y nada la mía. Tendré humildad profunda..."
Y la indiferencia, rectitud de intención: "Dios y yo, yo y Dios, no quiero otro. Mi corazón sólo se gozará en Dios. Examen continuo y diligente para que mi corazón y cada uno de sus afectos sean sólo para Jesús."
II. Aborrecimiento, dolor, total rechazo del pecado y temor de perder a Dios:
"¡He pecado, he pecado! ¡No más pecar! Señor, perdón, perdón, perdona mi extravío. ¡Qué miserable soy! Pero...¿qué digo? ¡Que rico soy! ¡He venido a la casa de mi Padre, de mi Jesús! ¡Antes morir que salir de ella!"
La vivencia de la misericordia y del amor de Dios le empuja a la reparación al Corazón de Jesús:
"Para pagar algo al Señor por mis pecados, haré a Jesús dueño absoluto y completo de mi corazón, trataré de evitar todos los pecados que pueda en los demás y ayudar a que le amen más y con más intenso amor, que reine en sus corazones y afectos como reine en el mío, y enseñaré a consumirse y agotarse por su amor, por su gloria, por la salvación de las almas."
III. Llamada a trabajar con Jesús para difundir su Reino:
"Confirmado en mi vocación, me entrego generosamente a mi Jesús sin reserva para todo cuanto quiera disponer de mi pobre persona." " Mi sitio, mi hambre constante debe ser la gloria de mi Señor, el honor de mi Rey y Capitán Cristo Jesús, principalmente restableciendo en las almas su reinado, sacándolas del pecado, inculcando más y más su amor."
Para seguirle: "Conocer al Corazón de Jesús: Nuestra vida ha de brotar de Cristo participando de su misma relación con el Padre. Pedimos conocimiento cada día más íntimo para que mejor podamos amarle y servirle."
"Temor prudencial y solicitud en buscar la voluntad de Dios, pero una vez conocida: hágase en mí" ¡Seguir la voz de Dios cueste lo que cueste! No desfallecer antes las dificultades, cooperando así al fin de la Encarnación que se obró cuando el mundo ofrecía más resistencias."
Con un modelo, María: "Confiemos en ella, la primera discípula, que nos ponga con Jesús, ella que tuvo el Corazón más unido y conforme al de su Hijo."
En total disponibilidad: "Quiero militar bajo vuestra bandera, os doy mi corazón para que dispongáis de él; quiere padecer persecuciones, hambre, sed, frío, lo que vos queráis..." Por eso "hago voto de obediencia, pobreza y castidad".
IV. Pasión de Cristo vivida en la Eucaristía:

"Corazón Divino: Eucaristía y pasión, o sea, Amor y Reparación. Amor paciente, injuriado. Mi amor como el vuestro, Jesús mío, sea paciente, sufrir, luchar, consumirme por vos. Y al ver vuestro Corazón y amor injuriado, sea mi amor reparador. Amor y reparación, sea éste el programa de las Esclavas de Cristo Rey".
"Este cuerpo que comulgamos es el Cuerpo del Rey de los mártires, un cuerpo azotado, coronado de espinas, crucificado. Como esa persona divina arrostró sin miedo las mayores injurias, ingratitudes y desprecios, fuerza es que los que comulgan, les haga partícipes de ese ánimo para morir, si es preciso por la verdad y la justicia, y por cumplir la misión con que Dios nos envía a este mundo".
"Celebrar la santa Misa con todo el amor de mi corazón; es donde más gozo y donde más sufro la persecución de tentaciones y miedo."
Humildad:"La Obra más grande de la Redención es la humildad. La humildad anima todos los actos y todos los misterios del Corazón de Jesús. Ella le retiene nueve meses en el seno de María, le mece en un pesebre, por humildad oculta su saber a los ojos del mundo por treinta años y buscando el último esfuerzo del su amor, la humildad le eterniza en la Eucaristía. La Eucaristía es la humildad eternizada de Dios."
Imitación del Siervo: "Mirad a Jesús, pendiente en el madero: humilde, obediente, desnudo, pobre. Ahí tenéis vuestras queridas virtudes: obediencia, humildad, castidad, pobreza. Seréis reinas si no sois esclavas de criatura alguna, del pecado; porque servir a Cristo es reinar."
El más del amor: "Hago Voto por amor al Divino Corazón de consumirme y agotarme en todo mi ser físico, intelectual y moral por la gloria de Dios y la salvación de las almas".
V. Certeza en la victoria de Cristo Resucitado:
"¡Qué alegría causaría el cuerpo glorioso y resplandeciente de nuestro Salvador! Se apareció a los que le habían amado más. ¡Oh, qué coloquios se cruzarían entre Jesús y María! Hijo mío, le diría la Santísima Virgen, llena de gozo, qué hermoso estás, ya has consumado tu obra. Y le abrazaría, y lo besaría y no sabría que hacía."
Profunda alegría y gozo: "Resucitadas, pues, en Jesús, seguidle animosas para nunca más pecar. Aclamadle: ¡Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera! Seguid sin temblar y apoyadas en él; no volváis ni un paso atrás, ni seáis de pequeño y menguado ánimo."
VI. Reconocimiento de la Presencia de Dios:
"Soy suyo en todo, en todos los órdenes de la vida, soy suyo; cuanto hay en mí, proviene de Él. Todo viene de la amorosísima Providencia de mi Padre Celestial."
"Deseo hacer de mi vida una oración continua, mediante la suave y amorosa presencia de Dios, y a esto aplicar el examen particular, que no lo dejaré hasta morir... Para ello y para cumplir mi santo voto diré cada hora con gran recogimiento y compostura: "Corazón eucarístico de mi amoroso Salvador, os adoro agradecido, desde lo más profundo de mi corazón. Ayudadme, ¡Jesús mío!, para que en esta hora no pierda la presencia de mi Dios, en vuestro Corazón santo; y dadme vuestra gracia para que me consuma y agote, durante ella, en todo mi ser físico, intelectual, moral, sacerdotal, parroquial y de la Obra, por vuestro amor, por vuestra gloria, por vuestro reinado, por la salvación de las almas, por el reclutamiento de ejercitantes. Amén." |